Contra un Batman realista
Ya ha pasado suficiente tiempo desde la trilogía de Batman de Christopher Nolan como para que me atreva a salir tímidamente de las sombras con esta opinión. Me encanta el realismo psicológico del Bruce Wayne de Christian Bale en Batman inicia (2005), cuando decide que, para ser eficaz, tiene que convertirse en un símbolo. Me encanta cómo las cicatrices faciales del Guasón y las versiones contradictorias que cuenta sobre su pasado en El caballero de la noche (2008) lo hacen más inquietante que verlo caer en un tanque de ácido. Y me encanta que la Gatúbela de Anne Hathaway en El caballero de la noche asciende (2012) sea una adversaria convincente sin recurrir al origen de Batman regresa (1992), en el que Selina Kyle cae desde un edificio y un montón de gatos callejeros… ¿la resucitan a lamidas? El realismo hace que Batman sea un superhéroe que podemos tomar en serio. No tenemos que apagar el cerebro adulto y racional para darnos permiso para dejarnos llevar por una historia sobre un tipo con capa que se dedica a golpear a los malos.
Pero hay un problema con todo esto. Tarde o temprano el realismo se agota y termina sin poder cumplir lo que promete. Un Batman completamente realista es imposible. Pero aunque fuera posible, creo que tampoco nos gustaría el Batman que acabaríamos teniendo.
Antes de seguir dándole demasiado palo a Nolan, quiero dejar algo muy claro: me encanta que sus películas existan tal como son. Una de las cosas que más me interesan de los personajes de historieta es que su representación no está definida por la imaginación de un solo autor. No hay una sola versión definitiva. Cada escritor y cineasta puede explorar y desarrollar aspectos distintos de un superhéroe. Y me encanta poner las distintas versiones una al lado de la otra y fijarme en los contrastes. Aquí está Tim Burton, a quien el realismo parece importarle bastante poco, pero que clava el estilo y la vibra de Ciudad Gótica. Aquí está Christopher Nolan, que baja el tono gótico para hacer que Batman parezca pertenecer, en la medida de lo posible, al mundo real. Y aquí está Zack Snyder, quien, asombrosamente, parece no entender a Batman en absoluto. Entonces, aunque Nolan no es mi director preferido de Batman, podemos imaginar muchas más posibilidades para Batman gracias a que sus películas forman parte de ese panteón de interpretaciones.
Evidencia número uno de que un Batman completamente realista es imposible: Batman no existe en la vida real.
Sí, esto es quizás tan obvio que no hay que mencionarlo. Pero hay buenas razones por las que no existen multimillonarios que se conviertan en justicieros disfrazados de quirópteros. Batman no cumple con el único requisito verdaderamente indispensable del realismo: existir. Uno no puede desarrollar la tecnología necesaria para superar a la policía y, al mismo tiempo, mantener un perfil tan bajo que nadie consiga averiguar quién es. Uno no puede mantenerse en condiciones físicas óptimas y dominar todas las artes marciales, además de dedicar el tiempo necesario para estar preparado para cualquier escenario antes de enfrentar a un villano… todo mientras encabeza una corporación como WayneCorp.’ No puede llevar una armadura capaz de detener todas esas balas y, a la vez, escabullirse entre las sombras como un ninja. Y uno definitivamente no va a protegerse de las balas con la mitad inferior de la cara expuesta.
Otras cosas que encallan contra las rocas del realismo:
- Una Batimoto que surge de los restos de un Batimóvil destruido y tiene ruedas que giran en dos ejes distintos.
- Una gandola que tropieza con un cable atravesado en la calle y se estampa de cara contra el asfalto como el Coyote.
- Casi todo lo que pasa en El caballero de la noche asciende.
La última me parece una víctima de los propios éxitos de Nolan con el realismo. Cuando el espectador aprende a fijarse cada vez más en ese realismo y se vuelve más exigente, las inevitables excepciones a ese mundo realista desentonan por completo. Cuando uno llega al clímax del Batman (1989) de Tim Burton, y el Guasón derriba la Batiala con un revólver absurdamente largo, como sacado de una comiquita, es posible que diga «Ajá, sí, claro, como si eso pudiera pasar». Pero lo más probable es que piense algo más bien como: «Cónchale, de verdad que el Guasón es el talón de Aquiles perfecto de Batman, ¿no?». Eso es porque el Batman de Burton nunca apostó por el realismo, sino por el estilo y el tema.
Pero cuando llegamos al clímax de El caballero de la noche asciende, ya llevamos unas siete horas metidos en el mundo de Christopher Nolan, y cuesta un poco más suspender ese tipo de incredulidad. Bruce Wayne se recupera de una fractura en la columna gracias a un puño a la espalda y cinco meses de flexiones, y luego camina medio planeta sin nada más que la túnica de prisionero que lleva puesta y de alguna manera logra entrar en una Ciudad Gótica completamente aislada, ya equipado de pies a cabeza como Batman. Para muchos, esos fastidiosos «sí, claro, como si eso pudiera pasar» se vuelven difíciles de ignorar, y pueden terminar estorbando la diversión.
Eso, por sí solo, es razón suficiente para que no nos importe el realismo: estorba la diversión. Para mí, no vale la pena pagar ese precio. La obra Les demoiselles d’Avignon de Picasso no es realista, y es mejor precisamente por eso. Lo mismo ocurre con la mayoría de las películas.
Ahora llegamos a la razón principal por la que creo que el realismo es una meta mal planteada para Batman, algo que también confirma el final de El caballero de la noche asciende. Llevado lo bastante lejos, el realismo termina reforzando algunas de las interpretaciones más cínicas de Batman: que es un fascista paramilitar que aporrea a los pobres. Nada podría ilustrar este punto con más claridad que la imagen del multimillonario Batman luchando junto a un ejército de policías contra revolucionarios cuya estética oscila entre la Revolución francesa y Occupy Wall Street. Odio cuando los cínicos de Batman tienen razón, pero esta vez tengo que concedérsela.
Yo creo que la mayoría de los males en el mundo son sociales. La pobreza es un mal social, consecuencia de un sistema político y económico que pone las ganancias por encima de las personas. La guerra es un mal social, una liturgia de violencia mediante la cual un Estado pone en escena sus pretensiones de legitimidad ante el mundo. A mi juicio, estas dos cosas están en la raíz de la gran mayoría del sufrimiento en el mundo hoy. Cuando el mal se manifiesta en un individuo, casi siempre hay una historia que lo explica: factores de su entorno que moldearon la persona en la que se convirtió. Y cuando los actos de una persona no tienen una explicación social convincente, las mejores intervenciones siguen siendo sociales: la restricción de derechos, la rehabilitación en comunidades alternativas, la reparación del daño causado a los demás.
En un mundo como el nuestro, la idea de un individuo de voluntad férrea que se toma la justicia por su mano para enfrentarse a los malhechores me parece un malentendido sobre la naturaleza del mal. Los males sociales requieren soluciones sociales. Un individuo que golpea a los delincuentes sin tener que rendir cuentas a nadie es a la vez ineficaz y cruel, y revela una sed patológica de violencia. En síntesis, un Batman que existe en un mundo realista, donde el mal tiene raíces sociales, es una fantasía fascista.
Ahora supongamos que estás en un mundo donde aparece un hombre de inteligencia genial y fuerza y tamaño sobrehumanos —gracias a una máscara que le suministra un goteo constante de una droga llamada «veneno»— y se propone destruir Ciudad Gótica. O imagina que un accidente químico ha dado origen a un hombre de constitución semilíquida, capaz de cambiar de forma para hacerse pasar por cualquier persona o convertirse en un monstruo de arcilla descomunal, inmune a cualquier arma disponible en el arsenal de la policía.
En este universo, el mal no es principalmente social. Los individuos pueden alcanzar niveles de maldad y poder que superan las mejores políticas sociales. Y en un mundo de individuos capaces de un mal y un poder extraordinarios, hacen falta héroes extraordinarios.
Esto no es un universo realista. Pero sí es un universo con la lógica moral y estética necesaria para hacer de Batman un héroe al que queramos ver triunfar. Quiero que Batman no esté limitado por el realismo porque me encanta verlo envolverse en la noche misma como en un manto mientras entra y sale de las sombras, aterrorizando a los matones que no están seguros de si es un hombre o algo primordial, y no quiero matar la magia por estar pensando en la mecánica de todo lo que estoy viendo. Pero, sobre todo, quiero que Batman no esté limitado por el realismo porque me encanta verlo como héroe. Quiero ver el mal asomar la cabeza en Ciudad Gótica y pensar: «Pues claro que Batman tiene sentido aquí».
Hay una historia de Batman que ilustra todo lo que he dicho aquí a la perfección, pero sin tener que explicarlo todo como acabo de hacer yo. En Batman: caballero blanco, de Sean Murphy, el Guasón decide que la mejor manera de derrotar a Batman es tomar sus medicamentos recetados y recuperar la cordura, y luego usar su destreza intelectual para maniobrar dentro del sistema legal y desenmascarar a Batman como el verdadero azote de Ciudad Gótica. Murphy se toma en serio todas las objeciones éticas a Batman y cuenta la historia como un experimento mental. No quiero hacer ningún spoiler, pero sí diré que logra algo aparentemente imposible: desmontar toda justificación para la existencia de Batman y luego, de alguna manera, consigue que volvamos a amar a Batman. Es mi historia de Batman favorita, en cualquier medio, y precisamente por eso.
El realismo en Batman resulta, en última instancia, contraproducente. Demasiado realismo termina estorbando la diversión. Pero lo peor es que, en vez de un héroe, nos deja con una fantasía autoritaria reprobable. Y Batman es demasiado arrecho como para no querer verlo como un héroe.
POSDATA
Sé lo que están pensando. ¿Cómo pudo llegar hasta aquí sin mencionar Batman (2022), de Matt Reeves?
La encarnación más reciente del Cruzado Enmascarado en la pantalla grande es un caso de estudio interesante. En cierto modo, Reeves es más rigurosamente realista que Nolan, sobre todo por lo físico y visceral que se siente el mundo que ha creado. El traje de Batman tiene una textura y un peso convincentes, y casi nos sentimos agotados con solo ver pelear al Batman de Robert Pattinson. Ciudad Gótica es mugrienta y empapada, y las escenas al aire libre nos dan ganas de meternos bajo techo o irnos de la ciudad por completo. El Batimóvil es un muscle car de toda regla que ruge como una bestia, y es una barbaridad.
Personalmente, me fascina su versión del realismo. Me gusta un Batman con mugre debajo de las uñas. Pero sigue poniendo en riesgo la suspensión de la incredulidad. El traje de alas es increíble, una interpretación muchísimo menos de ciencia ficción que la capa de «tela con memoria» de Nolan. Pero cuando se estrella —otra cosa que me encanta de Battinson: se equivoca mucho—, la paliza que se lleva puede hacer que uno se pregunte cómo alguien podría sobrevivir a eso. A mí no me sacó de la historia, pero sí podría sacar a otros espectadores.
Es evidente que Reeves está dialogando con las críticas éticas a Batman, tanto que el arco del personaje de Bruce traza un recorrido temático muy claro: de la venganza a la esperanza. Reeves incorpora directamente a la trama la crítica al autoritarismo, y Reeves parece entender que el realismo exige redefinir qué hace de Batman un héroe. El clímax no se resuelve con una escena de pelea sino con Batman guiando a los ciudadanos fuera de un estadio inundado. Un héroe no es quien puede imponerse físicamente sobre los demás. Un héroe es quien puede ser una luz para los que están en tinieblas.
Para mí, lo consigue mejor que Nolan. Sin embargo, no sé cuántas veces más podrá repetir la hazaña. Los rumores siguen circulando sobre quién será el villano de la próxima película, y seguro que pueden adivinar que cruzo los dedos para que elijan a alguien que mande al diablo el realismo, como el Sr. Frío o Hiedra Venenosa. Pero me entusiasmaría un enemigo más reciente, como la Corte de los Búhos. Si Reeves vuelve a elegir a un villano más apegado a la realidad y sin elementos de ciencia ficción, quizás tenga que moderar mis expectativas.